Cómo la Academia de Hollywood no pasó el test de transparencia

De Tim Boyle/Getty

El desastre de los Oscar puede ser una señal de un cambio grande y profundo.

oscar

En los días en los que los Oscar importaban mucho menos que ahora, cuando un grupo cerrado de profesionales se reunía anualmente en lugares tales como el Cocoanut Grove y el Hotel Hollywood Roosevelt para entregarse sus preciadas estatuillas entre ellos mismos, ya entonces la industria cinematográfica se había dado cuenta de que tenía un problema.

Había una diferencia entre la calidad y los premios en sí mismos, entre los méritos artísticos de una película o una interpretación y los premios que luego recibían. Claramente había una conexión entre el grupo de colegas que entregaban los premios y los colegas que los recibían.

Donde hay humo, hubo fuego y en 1934, la jovencísima Academia de Hollywood (fundada por entonces tan sólo siete años antes) sofocó las llamas de esa controversia contratando a Price Waterhouse (así se les conocía entonces) para auditar los resultados.

Desde entonces nadie ha cuestionado la autenticidad del proceso; tampoco lo hicieron en los primeros Premios de la Academia de Hollywood en 1935, cuando los consultores de PwC le dieron el premio a la Mejor Película a Sucedió Una Noche, film que tan sólo se había llevado los Premios a Mejor Actor y Actriz respectivamente para sus estrellas Clark Gable y Claudette Colbert.

Desde entonces han pasado ya ocho décadas y el mundo entero ha cambiado drásticamente. Hemos pasado una guerra mundial, luchas por los derechos civiles, una conmoción mediática y una revolución informática. Y sin embargo, el proceso de selección de los Oscar apenas ha cambiado.

Cierto es que cada año se hacen pequeños retoques al sistema, sutiles calibraciones para permitir darle más gasolina a la máquina en vez de cambiar el motor de una vez por todas. La Academia ha sido muy cauta, comprensiblemente, a la hora de reinventar su propia maquinaria o de abandonar la tradición que la induce a dicha gravitación. No obstante, el fiasco de este año ha lanzado a los cuatro vientos un secreto a voces: Un sistema que deja en manos de dos ineptos asesores la parte más fundamental de todo el engranaje, es un sistema demasiado peligroso para continuar.

Ha llegado el momento de un cambio radical.

No quiero decir que la Academia deba dar carpetazo a PwC (a no ser que su máximo responsable, Brian Cullinan, tenga la decencia de dimitir), lo que quiero decir es que la Academia debería considerar replantearse su manera de abordar la entrega de premios y su modo de hacer negocios totalmente hermético, secreto y reservado.

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Vamos a ser claros en una cuestión: sobre las virtudes y flaquezas de los candidatos; estos premios son el resultado de los votos de un enorme grupo de gente-que crece cada año – 7.000 hombres y mujeres repartidos a lo largo y ancho de océanos, separados por montañas y otras diferencias geográficas y culturales. Todos sus miembros están ligados, los unos a los otros, únicamente por sus logros cinematográficos. Entre ellos se incluyen representantes no solo de la industria cinematográfica americana sino también de otras industrias repartidas por todo el mundo, cuyas decisiones no solo influyen en las carreras de profesionales concretos, sino incluso en las relaciones entre las diferentes naciones y estados del mundo entero.Los Oscar no los lleva un pequeño círculo de amiguetes que se reúnen en privado para discutir.

En la era de Internet, el premio al director iraní Asghar Farhadi (cuya película The Salesman  (El Cliente) recibió el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa) o incluso su negativa a asistir a la gala debido al Travel Ban de Trump (restricción de entrada de visitantes e inmigrantes de siete países musulmanes) tiene ramificaciones políticas y artísticas. Sin embargo, mientras, la Academia y sus líderes siguen haciendo caso omiso de este nuevo mundo en el que vivimos, de la implicación gigantesca que supone ganar un Oscar, de la necesidad de una claridad y transparencia máxima en lo que se refiere a escoger a quienes ganan cada año dado el efecto potencial que ello conlleva.

Los miembros de la Academia no forman parte de ningún club privado; son parte de un electorado global, sus votaciones son sometidas a escrutinio a escala internacional. Y por todo ello, esas votaciones deben someterse a los principios que aplicamos a tales plebiscitos.

Unas votaciones justas y libres deberían adherirse a los siguientes valores principales: (1) Las votaciones deben ser abiertas y transparentes; (2) El sistema de votos debe ser los suficientemente simple y claro para que todos puedan entenderlo; y (3) Cada voto debería valer lo mismo que cualquier otro.

Hasta ahora no se sigue ninguno de esos principios.

  1. Transparencia

Más que ninguna otra organización sin ánimo de lucro comparable en tamaño y prestigio, la Academia se guarda el apartado de decisión de votos para sí misma. Sus directores tienen los labios sellados y se niegan a hacer declaraciones, sus directivos son abiertamente reacios a debatir sus decisiones en público. Mucho de lo que sucede en la organización sigue permaneciendo oculto incluso para la mayoría de sus miembros. ¿Cómo, por ejemplo, su presidente electo (Cheryl Boone Isaacs) y su Director General (Dawn Hudson) se dividen el trabajo? ¿Cómo y cuánto se comunican entre ellos? ¿Cómo consiguieron ampliar el número de miembros (después de la debacle de los #OscarsDemasiadoBlancos)? ¿Cuál es la base principal de su nuevo programa de diversidad? Todas estas preguntas siguen sin respuesta, no solo para el público en general sino también para muchos de sus miembros.

La Academia nunca o raramente deja que grandes grupos entren en sus discusiones y, por descontado, aún menos a la prensa. Como resultado, a veces algunas cosas les pillan desprevenidos, especialmente la cólera que desató su plan de eliminar, de manera gradual, a los antiguos miembros que ya no estaban en activo desde hacía años, plan ideado en respuesta a la petición previa de que se fomentara una mayor diversidad dentro de los afiliados de la Academia. Ni que decir tiene que ello derivó, a su vez, en acusaciones de discriminación por motivo de edad y racismo.

En un intento de mejorar la situación, el entonces Hawk Koch, organizó una reunión abierta a todos los afiliados en Mayo de 2013; Tuvo éxito pero tan solo parcialmente, ya que pareció ser una idea cuidadosamente organizada y planeada más que algo espontáneo, pero, aún así, la idea fue buena. Sin embargo, desde entonces no ha vuelto a suceder nada parecido.

Sólo creando una apertura real, la Academia recuperará su credibilidad y, sólo entonces, la ahora empañada imagen de su estatuilla dorada podrá volver a brillar y con ello redimirse del fiasco de la edición de este año.

Sobre todo, la necesidad de una mayor apertura es de suma importancia en lo que se refiere a la votación de los Oscar. El secretismo tiene que acabar de una vez por todas. Tal y como ocurre en cualquier otra votación, los registros de las votaciones deben hacerse públicos. Dejadnos saber cuántos votos recibió cada candidato, quién fue más o menos votado, incluso si eso causa consternación entre los finalistas.

Ya solo con eso se eliminaría cualquier duda o especulación o cualquier indicio de injusticia o incompetencia. Ante todo, eso demostraría al público que la Academia tiene una apertura democrática ejemplar-algo de lo que no puede jactarse ahora mismo.

  1. El sistema de voto

Una de las razones esgrimidas para seguir contando con los servicios de PwC a pesar de la debacle de La La Land/Moonlight  fue que PwC puede entender la compleja metodología de votos y otra organización tal vez no podría hacerlo.

De ser así, eso se opone a los principios básicos de la democracia, los cuales dependen de la claridad y el entendimiento de sus votantes. Sin ello, uno solo puede preguntarse si casos como el fraude electoral de Bush/Gore podría también tener lugar en los Oscar y obscurecer así posteriores entregas de premios.

No hay ninguna metodología de votos que sea totalmente justa; por eso no es de extrañar que Winston Churchill llamara a la Democracia “La peor forma de gobierno, con excepción de todas las otras que ya han sido probadas”. Sin embargo, el actual sistema preferencial de votos enturbia los resultados-y estos se vuelven cada vez más confusos debido a que diferentes reglas rigen diferentes categorías y el proceso de nominación frente a quienes ganan realmente.

Hasta hace no mucho, la Academia favorecía un sistema de mayoría simple-el mismo que se utiliza para elegir a los senadores y congresistas de EEUU: quien consiga más votos, gana. Ahora, las papeletas son contadas y redistribuidas; los candidatos que obtienen pocos votos son eliminados y sus votos son transferidos y luego transferidos nuevamente una y otra vez. Es un sistema muy confuso y el hecho de que sea llevado a cabo en secreto empeora aún más las cosas; con ello incrementa la posibilidad de que la película que gane el Oscar no sea tal vez la mejor de todas sino la menos mala.

La Academia debería considerar volver a utilizar un método más simple en el cual el que reciba el mayor número de votos sea el ganador. Y luego poner el preciso recuento de votos a disposición de todo el mundo.

  1. Cada voto debería valer lo mismo

No todos los votos de los Oscar son iguales. Pongamos el caso de la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa. Yo mismo he aplaudido ciertos cambios recientes realizados dentro de esa categoría que han venido a eliminar a los constantes ganadores de ediciones anteriores. Sin embargo, a decir verdad, el nuevo proceso no podría ser menos democrático de lo que ahora es, al otorgar un poder extraordinario a un poderoso comité compuesto de 30 miembros que realmente puede determinar cuáles son las películas nominadas. Otras categorías (cortometrajes, etc) son también realmente anti-democráticas.

Es aquí cuando llegamos a la parte complicada. El sistema actual puede que sea anti-democrático pero ha dado buenos resultados y yo me mostraría reacio a que la Academia desechara un proceso que muchos otros alabasen. Sin embargo, este sistema actual es inherentemente injusto e inherentemente equivocado.

Ésta, más que cualquier otra categoría, necesita más claridad y simplicidad. Si los Globos de Oro pueden tener tantos candidatos y, aún así, dar cada año un digno ganador, los Oscar también pueden, sin necesidad de este confuso galimatías ni este exceso de concentración de poder.

Ya es hora de que la Academia deje de lado estos problemas antes de que alguien lo haga por ellos. Un sistema dudoso, oculto y arcaico corre el riesgo de ser hackeado y si eso llegara a pasar alguna vez, cualquier cosa que saliera a la luz haría mucho más daño a la Academia que nada de lo que ellos decidieran revelar por sí mismos.

Artículo original : Hollywood Reporter

Traducción: Chus de Castro

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